Monstruopedia (VIII): Yuki-onna

¿Acaso no lo ves tan rigido, / y maravillosamente envejecido? / Tan incapaz de soportar el frío gélido. / Apenas puedo moverme / o tomar aliento / (…) Déjame, déjame, / congelarme de nuevo… / Déjame, déjame, / congelarme hasta morir.
—Henry Purcell. “Cold song”

La Yuki-onna, del japonés «mujer de las nieves», es una bella mujer de gran estatura y largo cabello negro. Su piel es pálida, en  ocasiones casi trasparente. Algunas leyendas la describen vistiendo un quimono blanco, mientras que en otras aparece desnuda con sólo sus facciones y melena negra destacando en la nieve.

Sus depredaciones varían según el relato. En algunos se conforma con ver a los hombres morir en la nieve, en otros les roba la energía vital mediante un beso de sus labios azulados y aún hay otros en los que les quita la vida en un encuentro sexual. Entre la Yuki-onna y el súcubo de la demonología judeocristiana hay bastantes paralelismos.

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Yuki Onna por Laura García bajo licencia Creative Commons 3.0

La naturaleza de la Yuki-onna es caprichosa, algún mortal afortunado podría ver el lado bueno de este espíritu y salvarse. Se dice que ha perdonado a algunos hombres la vida por su juventud y belleza, como, de hecho, ocurre en una de las historias más populares en la que aparece la cual está recogida en la antología Kaidan: Historias y estudios de cosas extrañas del escritor griego irlandés Lafcadio Hearn que quedó tan enamorado de Japón que se mudó allí, adoptó un nombre japonés y dedicó gran parte de su vida a la divulgación de la cultura japonesa en occidente. Un tipo muy interesante del que hablaré en el futuro en la sección Literatura de terror, pero lo que ahora nos ocupa es una de las criaturas sobre la que escribió, la Yuki-onna, reproduzco a continuación su historia:

Vivían en una aldea dos leñadores. Uno viejo y el otro joven, su aprendiz, llamado Minokichi. Para ir a talar árboles al bosque debían cruzar un río. A menudo se había intentado construir un puente que atravesase el río pero sin éxito, ningún puente podía resistir la feroz corriente por mucho tiempo y todos acababan por desmoronarse. La gente que deseaba ir al bosque debía pagar los servicios de un barquero.
Una noche muy fría, el viejo y Minokichi tardaron más de lo habitual en llegar al embarcadero del bosque por culpa de una tormenta. El barquero ya se había ido a la aldea, llevándose la barca consigo. Por fortuna para ellos, el barquero tenía una cabaña en el linde del bosque. Contentos por el hecho de tener refugio donde pasar la fría noche, el viejo y Minokichi entraron en la caballa y la cerraron lo mejor que pudieron.
El viejo cayó dormido en seguida pero Minokichi, arrebujado en su abrigo, tiritaba por el frío y le costaba conciliar el sueño. Finalmente, a pesar del frío, Minokichi pudo dormir.
Mas Minokichi se despertó luego en mitad de la noche, tenía nieve en sus mejillas. Alguien había forzado la entrada a la cabaña y había ya una capa de nieve en el suelo. Minokichi giró la cabeza y vio que una mujer vestida toda de blanco estaba sentada doblada sobre el viejo, soplándole su frío aliento en la boca. Quiso gritar y moverse, mas no pudo hacer ninguna de las dos cosas. La mujer era muy hermosa pero sus ojos asustaban al joven. La mujer se volvió entonces hacia el joven, le sonrío y le dijo:
—Iba a hacerte lo mismo que al viejo pero al mirarte no puedo evitar sentir piedad porque eres tan joven y apuesto, Minokichi. Te perdono la vida pero si le cuentas a alguien lo que ha ocurrido esta noche, incluso a tu madre, lo sabré y entonces iré en tu busca y te mataré, recuerda lo que te he dicho.

La mujer de blanco abandonó la cabaña y Minokichi dejó de estar paralizado. Le tomó el pulso al viejo y comprobó con horror que estaba muerto. La entrada de la cabaña estaba destrozada por lo que Minokichi apiló la leña que el viejo y él habían cortada para protegerse de la nieve.
A la mañana siguiente, el barquero encontró a Minokichi que había perdido el sentido junto al cuerpo congelado y sin vida del leñador viejo. Los llevó a ambos de vuelta a la aldea en su barca.
En la aldea cuidaron de Minokichi por mucho tiempo hasta que se recobró de los efectos del frío y del horror que había presenciado aquella noche. Minokichi agradeció los cuidados pero recordó la amenaza de la mujer vestida de blanco y se cuidó de contar lo que de verdad había ocurrido a los aldeanos.

Con la salud recobrada, Minokichi fue regresando al bosque y a su trabajo de leñador; siendo ayudado en la venta de la leña por su madre. Pasó un año y de nuevo llegó el invierno. Un día, Minokichi conoció en el camino de regreso a casa a una muchacha alta y delgada, muy guapa, con una voz dulce como el cantar de un pájaro. Minokichi se presentó y la muchacha le dijo que se llamaba O-Yuki. La muchacha reveló que se dirigía a Edo (nombre de la actual Tokyo en aquellos tiempos), donde tenía algunas conexiones que con suerte la ayudarían a encontrar trabajo como criada.
Mientras más la miraba Minokichi, más guapa le parecía. Se envalentonó y le preguntó si estaba casada. La muchacha río y respondió que no, ella por su parte le devolvió la pregunta y Minokichi reconoció que no estaba casado ni prometido.
El resto del viaje no hablaron mucho, pues dice el antiguo proverbio: «Cuando hay deseo, los ojos pueden decir tanto como la boca.»

Naturalmente, Minokichi le ofreció hospedaje a O-Yuki en la casa donde vivían su madre y él. Tras un poco de timidez, la muchacha aceptó. La madre de Minokichi la hizo sentir bienvenida con una cena caliente. Pronto, la madre de Minokichi quedó encantada con O-Yuki y pasada esa noche la persuadió de que retrasase su viaje a Edo, esta situación se repitió por algunos días. O-Yuki no llegó a emprender el viaje a Edo y permaneció en la casa como una honorable hija política.
Unos cinco años más tarde, la madre de Minokichi murió. Sus últimas palabras estaban llenas de afecto hacia la esposa de su hijo. O-Yuki dio a Minokichi diez hijos, preciosos todos ellos y de tez pálida.

Con el pasar de los años las mujeres van perdiendo su belleza, sobre todo las aldeanas bajo el peso del duro trabajo. Sin embargo, O-Yuki, después de tantos años y dar a luz a diez hijos, estaba tan lozana como la primera vez que puso pie en la aldea.

Una noche en la que los niños ya se habían acostado, Minokichi observó a su esposa cosiendo a la luz de una lámpara de papel.
—Bajo esa luz me recuerdas a cierta mujer que vi cuando era sólo un zagal —le dijo.
—Háblame de esa mujer —le pidió ella.
Minokichi procedió a relatarle a su esposa todo lo que había ocurrido aquella fatídica noche, en la cabaña del barquero, donde aquella extraña mujer acabó con la vida de su maestro y concluyó diciendo:
—Estando dormido o despierto ha sido la única vez que he visto a una mujer tan hermosa como tú. Tenía una belleza como de otro mundo, me dio mucho miedo, ¡era tan pálida! Después de tantos años ya no sé si eso ocurrió de verdad o fue un sueño.
O-Yuki gritó.
—¡Esa era yo! ¡Y recuerdo haberte dicho que jamás contases lo que viste!
»Te mataría ahora mismo de no ser por esos niños —aseguró O-Yuki señalando a sus hijos que seguían durmiendo, imperturbables—, ahora has de ser un padre excelente para ellos porque si escuchase la menor queja de ellos sobre ti, volvería para darte el destino que mereces.
Los gritos de O-Yuki se fueron transformando en el suave ulular del viento y su forma se desvaneció en una niebla blanca que voló a través de la chimenea.

*

Y esa es la historia más famosa en la que aparece la Yuki-onna, espero que os haya gustado tanto como a mí. Yuki-onna es una de muchos yokai del folclore japonés: espíritus, fantasmas o demonios que a menudo entraban en conflicto con los humanos pero también podía decidir ayudarles e incluso, algunas veces, protagonizaban historias de amor con los humanos, que solían tener un final triste, como la que habéis acabado de leer. Su naturaleza dual y variedad de formas recuerdan mucho a las hadas de la mitología celta, si tenéis curiosidad haced click en el enlace para leer sobre las que ya han aparecido en el blog.

Y si os habéis que dado con ganas de más historias de terror japonesas, podéis leer de forma completamente gratuita y legal la antología Kaidan de Lafcadio Hearn aquí (pdf).

 

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2 comentarios en “Monstruopedia (VIII): Yuki-onna

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