Hablemos de terror (II): Herramientas del género

«El terror en la tierra es real y cotidiano. Es como una flor o el sol, no puede ser contenido.»
—The lovely bones, Alice Seobold.

En el anterior artículo de Hablemos de terror, planteé la pregunta a los lectores y a mí mismo, como desafío, de si era posible tener una historia de terror sin elementos sobrenaturales ni asesinos de por medio.

Responder a tal pregunta es más complicado de lo que pudiera parecer, ya que sin ninguna de esas dos cosas no habría, en principio, mucho que lo diferenciara de un drama: el género por defecto, o mejor dicho, el no-género.  Y es que ese es el fondo del asunto, el terror es el género más parecido al drama. Un drama es la historia de un problema, una obra de terror es la historia de un problema más grave y a menudo fatal.
Ser desahuciado y verse en la calle, habiéndolo perdido todo y enfrentarse a una nueva vida como un sin techo es un problema digno de un drama.
Que además a nuestro desdichado protagonista le ocurriese eso cuando un grupo de vándalos están dedicándose a matar vagabundos para “limpiar” las calles, sin duda, convertiría el drama en una historia de terror.

El terror es un asunto de gravedad, pero eso no lo define del todo. Un personaje recibiendo un diagnóstico de una enfermedad terminal tiene tanto la naturaleza grave como la amenaza de la fatalidad, sin embargo, sigue siendo drama y no terror. Tiene que haber además cierta inteligencia, aún primitiva, en contra de los protagonistas. Es por eso que, normalmente, las historias de desastres naturales no suelen ser calificadas como de terror pero sí las de animales hambrientos de carne humana (v.g.: Tiburón). Un caso interesante es el de los zombis, que están a medio camino entre catástrofe y monstruo pero quiero dedicarles un artículo entero en la siguiente entrada de Hablemos de terror, así que, por ahora, centrémonos en seguir cuestionándonos la naturaleza del terror.

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Death Alley por Lucas Charnyai bajo licencia Creative Commons 3.0

Películas de supervivencia como 127 horas (2010) o Everest (2015) tampoco son de terror porque su mensaje suele ser positivo, sí, los personajes sufren, algunos mueren por el camino o pierden un brazo pero al final la humanidad triunfa ya sea gracias al trabajo en equipo o la determinación y resistencia física del individuo.

«Ahí es donde te equivocas», diréis, «no todas las películas de terror acaban mal.» Cierto, ahí radica la importancia de otro rasgo distintivo del terror: el tono. Las películas de terror deben tener un tono pesimista de necesidad. Toda victoria debe estar, de algún modo, mancillada. Los protagonistas no sobreviven gracias a las virtudes de la humanidad
sino a pesar de los defectos de ésta. Ilustraré lo que quiero decir, convirtiendo dos historias de supervivencia en historias de terror.

En la historia de supervivencia colectiva cuando los diferentes personajes se vuelven los unos contra los otros por culpa de la paranoia y el estrés estamos ante una película de terror (nuevamente, las buenas historias de zombis hacen esto muy bien). En este caso, la inteligencia contra los personajes son los propios personajes. El tono pesimista se extrae del siguiente mensaje: cuando la mierda golpea las aspas del ventilador, los humanos somos incapaces de trabajar en equipo. Tal es el caso de la película Cube (1997).

En la historia de supervivencia individual la clave sería que para sobrevivir tenemos que desechar nuestra humanidad. Sucumbir a al canibalismo, comiéndonos los cadáveres de los que no han tenido nuestra suerte. Cuando el equipo de rescate llega, somos más bestia que hombre. Destruidos y transformados para siempre, incluso con años de terapia los horrores de lo que tuvimos que hacer para sobrevivir nos perseguirán hasta el momento de nuestra muerte. He ahí el terror, en la absoluta comprensión de la fragilidad de la humanidad.

Me extrañó mucho que ningún lector mencionase la locura como modo de tener una historia de terror sin asesino ni elemento sobrenatural pese a las menciones a Cisne negro en el anterior artículo. Aunque, claro, eso sería hacer trampa. La locura te da la oportunidad de poner tanto monstruos como asesinos que van tras el personaje pero que sólo existen dentro de su cabeza. Un lector sí que mencionó a los animales que, en cierta medida, sigue siendo trampa.

Cambiamos la raza de la criatura que va a matarnos, el humano pasa a ser un oso. Los animales no son técnicamente asesinos y podemos tomar solaz en que el oso no nos mata por placer como haría el psicópata de turno sino para tener más grasa con la que soportar el invierno y calmar su hambre. Está bien, lo doy por válido pero me gustaría puntualizar que las películas de animales que matan personas, no son más que películas de monstruo “realistas”. No os engañéis, entre el Alien y el oso no hay tanta diferencia como pudiera parecer en un principio.

Otra lectora señaló algo interesante: una historia de secuestro y vejación. Llamó mi atención porque algo que no se explora demasiado a menudo en las historias de terror es que hay destinos peores que la muerte. Y no hablo de vagar como un alma sin pena, sino de cosas presentes en el mundo real. Pocos tienen prisa por morir, los humanos nos aferramos a la vida, pero la muerte es algo tan, tan definitivo. Un personaje huye del loco del hacha de turno, tropieza y recibe un hachazo en la cabeza. Fin de ese personaje.
En la muerte en sí no hay terror sino en la anticipación a ella. Pero, ¿y si lo que nos persigue no quisiera matarnos? ¿Y si lo que tiene reservado para nosotros hace que la muerte, por comparación, fuese deseable?

Sin embargo, películas como An american crime (2007), con Ellen Page, no las definiría exactamente como cintas de terror aunque sí que tienen algo de terror. Quizás prescindiendo del juicio y enfatizando aún más la crueldad del secuestro y la estética lóbrega del sótano podría ser una cinta de terror genuina. La estética es muy importante en el terror: oscuridad, suciedad e incertidumbre son los ingredientes más usados en la receta del terror.
El colegio era un fastidio que te obligaba de niño a levantarte por las mañanas para atender a aburridas clases. Un colegio abandonado, en cambio, es una fuente de mal rollo considerable y con potencial para historias de fantasmas y leyendas negras. La estética es lo que termina de separar al terror del drama.

En resumen, el terror es muy parecido al drama, el género narrativo universal, y se sirve de las herramientas de una inteligencia contra los personajes, tono pesimista y estética siniestra para adquirir su propia personalidad. Mientras se usen esas herramientas, se puede construir una historia de terror; sea sobrenatural o no.

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10 comentarios en “Hablemos de terror (II): Herramientas del género

  1. Heroína Escarlata

    Gracias por la mención velada y por hacer caso a mi recomendación 😛

    Últimamente, me estoy dando cuenta de que lo que más me asusta es lo basado en hechos reales (como An American Crime). No sé, hay película como ésta u otras de temáticas muy crudas basadas en hechos reales, que sin pasar por los caminos preestablecidos del terror, sí que me dejan bastante mal cuerpo. Creo que el terror no debe causar sólo los sobresaltos en la butaca o la incomodidad de ver en el momento ciertas imágenes… Sino que su mayor poder es que se te quede dentro, e incluso que, a cierto nivel, te cambie.

    Por cierto, muy currada tu entrada, como siempre 😉

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    1. Ah, tal vez debería haber sido mención explícita. 😉

      Pocas películas consiguen lo que describes pero entre las que he visto «Eden Lake» (2008), con Fassbender, me dejo muy mal cuerpo. Lo que se ve en esa película llega a causar impotencia de tanta crueldad. Que yo sepa no está basada en hechos reales pero es ciertamente plausible.

      Y muchas gracias, lo aprecio. 🙂

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  2. Estoy convencido de que en cuanto rasquemos un poco más daremos con “la película”; esa que demuestre que un drama puede dejar de serlo para transformarse en terror aun sacando de la ecuación a los asesinos (humanos o no) y los elementos paranormales.
    Dándole algo a la cabeza se me ocurren dos títulos que merecen como mínimo ser puestos en cuarentena. El primero sería “El incidente” de M. Night Shyamalan. En esta ocasión tenemos esa cierta inteligencia aún primitiva en contra de los protagonistas. Y ojo, más “naturaleza” y más “primitiva” que en esta peli es difícil de encontrar. Aquí para sobrevivir no se depende de la grandeza del hombre; así que eso del triunfo del espíritu humano queda desechado. Ni falta recalcar que el suicidio pone la nota pesimista.

    Quizás faltaría en “El incidente” la estética siniestra para ser una auténtica película de terror. Así que expongo el segundo de los dos títulos que dije que tenía. Éste sería “El ángel exterminador” de Buñuel. El mal rollo que te deja es muy propio del cine de terror.

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    1. Shyamalan es controvertido como poco, yo terminé recelando un poco de su filmografía pero «La visita» (2015), sin ser una obra maestra, demostró ser bastante decente al final. Así que puede que le eche un vistazo a «El incidente». porque me has picado la curiosidad.
      Igualmente, pongo «El ángel exterminador» en la lista de pendientes.

      El terror, como cualquier género en realidad, está abierto a experimentación y eso es lo que me gustaría ver, y leer, más a menudo: obras atrevidas. Pero los cineastas y escritores a veces tienden a acomodarse. El motivo principal que me incita a intentar abrirme camino en el mundo editorial es precisamente hacer el tipo de historias de terror que me gustaría encontrar.

      Pero como tú dices, seguro que rascando encontramos ese drama que se convierte en terror. Aunque tiene elemento sobrenatural, «Déjame entrar» es una joyita en ese aspecto: drama y terror a partes iguales y, de forma interesante, el monstruo ofrece amor y solaz al protagonista humano.

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      1. Pues si no has visto ninguna de las dos y piensas remediarlo, me interesaría saber tu opinión sobre ellas. Sobre todo de la de Buñuel.

        Pues déjame decirte que si te ronda la idea de escribir alguna novela de terror, te animo a ello. Siempre he dicho que ninguna película es tan terrorífica como lo puede llegar a ser nuestra imaginación. Sólo se ha de sacar nuestros miedos y transformarlos en relato. Eso mismo es lo que hizo Amenábar en “Los otros”. Cuando era un crío y se quedaba a dormir en el caserón de su abuela (o tía, no recuerdo), por las noches lo pasaba fatal en la cama con los ruidos extraños que oía. Para Los otros escribió un guión basado en esos miedos.

        Por cierto, gran película Déjame entrar. Sí señor. Una joya.

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  3. Gracias por los ánimos, juancadizcine. Y sí, la imaginación es muy poderosa. El terror es un género que busca la complicidad del espectador, que este quiera ser asustado. Esto es cierto para las películas pero aún más en las novelas, donde no ves nada a menos que uses tu imaginación.
    Supongo que mis miedos son los niños pequeños porque esos son los enemigos de la historia que estoy haciendo (ya hay historias sobre ello, así que no debo ser tan rarito).

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