Dulce

En la tierra baldía en la que se había convertido el mundo después de la Guerra, sólo los más fuertes sobrevivían. Los niños se habían vuelto un vago recuerdo del pasado, la fragilidad infantil era una debilidad fatal. Aquellos que sobrevivían de entre los más robustos y astutos no permanecían niños por mucho tiempo; la vida en el yermo los cambiaba, les obligaba a crecer deprisa.

Y aún con todo, allí estaba Claudia con ese pequeño milagro; un crío demasiado niño para este nuevo y despiadado mundo, un lastre. Mia había cometido la estupidez de quedarse embarazada, así que Claudia había perdido una amiga y ganado una obligación.
Durante cinco años, Claudia lo había visto crecer, dar sus primeros pasos y decir sus primeras palabras. Cinco largos años de dormir con un ojo abierto para evitar que trogloditas mutantes hicieran hamburguesas con ellos o que algún grupo de bandidos les descubrieran e hicieran algo incluso peor que eso. Cinco largos años de miedo y sufrimiento pero cuando jugaba con el pequeño Noah, cuando éste la miraba y decía «mamá», parecían haber merecido la pena.
Claudia había tenido una vida normal antes de la Guerra: un marido, un trabajo… hijos.
Todo eso se veía tan lejano ahora. Claudia se sorprendió a sí misma dando la bienvenida a esos recuerdos dolorosos y tiernos al mismo tiempo. Añorar el pasado era peligroso, el pasado podía matarte.
Las provisiones se les estaban agotando, debían llegar pronto a una ciudad. Claudia apretó la manita de Noah. Siguieron caminando bajo el sol abrasador. Claudia puso la boca de la cantimplora en sus agrietados labios y bebió, no mucho pues debían racionarla, y luego se la ofreció al niño.

Cuando llegaron al asentamiento, los ojos de Claudia no daban crédito. ¡Lo habían logrado! Le llenaron la mochila de provisiones: comida enlatada y agua purificada. Claudia regateó un poco y añadieron algunas cosas más para endulzar el trato: una revista arrugada, una manoseada novela de páginas amarilleadas y una bolsa de chucherías. Reliquias del pasado industrial de la civilización.
Si Noah tenía suerte cuando creciera un poco más pondrían un arma en sus manos. Si no, sería un esclavo hasta que muriese. A veces veía su rostro al cerrar los ojos, pero Claudia tenía algo de escapismo con ella. No importaba que la revista y la novela hicieran alusiones a un mundo que ya no existía o que las chucherías pese a su dulzura fueran en realidad  huesos y cartílagos de animales, Claudia lo necesitaba.
Con el tiempo llegó a olvidar la cara del niño.

Ground | Orange
Ground. Orange fotografía de Jeroen Moes bajo licencia Creative Commons 2.0

Entrada editada el 21 de enero del año 2017. La anterior versión de este relato puede leerse aquí.

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