Don Quijote de las redes

—Sancho, he aquí al fin la gesta que tanto ansiaba —dijo don Quijote señalando hacia delante.
El labrador hizo visera con la mano y miró en la dirección que indicaba el dedo.
—Yo sólo veo unos molinos de viento, señor.
—Aguza la vista, mi buen amigo, y haz acopio de valor pues nos espera feroz y desigual batalla contra un ejército de gigantes. ¡Observa la ciclópea talla de esas aberraciones, sus pieles blancas como el alba y esos brazos que giran con feroz celeridad y aviesa intención!
Don Quijote pedaleó con entusiasmo hacia lo que él creía que era un ejército de gigantes. Sancho lo siguió en su propia bicicleta de montaña, con cautela, sin dejarse contagiar por el frenesí de su señor. Por más que se frotase los ojos, los molinos no se convertían en gigantes. Aquellos eran, para mayor exactitud, aerogeneradores sobre el viñedo castellano-manchego que con energía eólica generaban electricidad para la buena gente que tuviera necesidad de ella.
Si bien era cierto que Sancho Panza podía recoger algarrobas como el mejor, no tenía una onza en él de ciclista y pronto se quedó atrás. Jadeando, pero con aliento aún para advertir a su señor, le gritó:
—¡Mi señor don Quijote, no son gigantes sino molinos! ¡Molinos, no gigantes!
Don Quijote se detuvo, no por hacer caso a su escudero sino para posicionar la lanza sobre el manillar.

—Si tienes miedo, hazte a un lado y empieza a orar pues yo voy a poner a prueba mi temple contra esas viles criaturas.
Y diciendo esto, don Quijote pedaleó con más fuerza que antes; con una suplica en sus labios para que su señora Dulcinea le protegiera en la batalla que pronto había de tener lugar.
Con tal fuerza chocó contra la torre de uno de los aerogeneradores que la lanza se le astilló y salió despedido de su bicicleta de montaña. Por suerte las aspas de estos molinos modernos estaban a muchos metros de altura, así que Don Quijote no corría riesgo de convertirse en picadillo.

Pasado cierto tiempo y muy cansado llegó Sancho.
—Ya se lo decía yo, que eran molinos y no gigantes pero vuestra merced no me hacía caso.
—Calla, Sancho —respondió don Quijote—, que los asuntos de la guerra, más que cualquier otra cosa, están sujetos a continua mudanza. Detrás de esta argucia está mi jurado enemigo el sabio Frestón que, como tantos magos y brujos, tiene bajo su mando a monstruos que al morir se tornan en edificios u objetos, cuando no se desvanecen sin dejar rastro, a fin de arrebatar la gloria que daría su vencimiento a los caballeros andantes.
»Así que, buen Sancho, no dejes que la gesta de tu señor sea objeto de duda y usa ese artefacto tuyo de hacer imágenes para dejar constancia de la mesma. Rápido, antes de que los cadáveres de los gigantes pasen a ser molinos.
A Sancho le parecía que los molinos no habían dejado de ser molinos en ningún momento y además ya había grabado un vídeo con su teléfono móvil de la gesta de don Quijote. Pese a sus reservas, el escudero obedeció y después de ayudar a don Quijote a erguirse le hizo muchas fotos mientras éste posaba triunfal con su lanza rota frente a los aerogeneradores.
—Una lástima que se le rompiera la lanza, mi señor —dijo Sancho.
Era una pena en efecto, pues aunque seguía habiendo alguna que otra armería, las lanzas de caballería eran elusivas. En estos tiempos absurdos era más fácil encontrar estrellas arrojadizas del lejano oriente que el arma por excelencia del caballero, don Quijote había tenido que mandar hacer su lanza como encargo especial.
—Un inconveniente menor —dijo don Quijote—, el caballero español Diego Pérez de Vargas pasó a usar un tronco como arma cuando se le arruinó la espada. Yo no he ser menos, usaré la improvisación a fin de evitar freno a mis aventuras.
No por vez primera, Sancho admiró los conocimientos de don Quijote. Era un hombre culto de verdad, que sabía las cosas de memoria sin necesidad de mirarlas en la Güikipedia antes. Sancho decidió que haría lo posible para mandar a su hija Sanchica a la universidad para que fuera tan culta como don Quijote. Quizá, eso sí, le diría que hiciera su lectura más variada que la de su señor.

Tras su magnífica aventura, don Quijote y Sancho Panza fueron a la casa de este último. Allí atendieron lo mejor que pudieron las heridas y cardenales de don Quijote y cuando llegó la hora de la cena, los dos regalaron a la esposa y a la hija de Sancho la historia de su última aventura sin omitir ningún detalle.
Teresa Panza, la buena mujer, repetía una y otra vez:
—Ay, Dios mío, Dios mío…
Sanchica, en cambio, creía que era una historia divertidísima y quiso ver las fotos y luego el video que su padre confesó haber grabado.
Sanchica que era muy hábil con la tecnología se puso manos a la obra. Ora daba un filtro sepia a una foto, ora ponía otra en blanco y negro y así continuó hasta hacer un bello álbum. Ese álbum y el video, al que puso una música de fondo para hacerlo más gracioso, los subió a Internet.

Pronto don Quijote se hizo una celebridad en las redes, unos lo creían un nuevo comediante mientras que otros lo tomaron por un artista moderno que quería señalar la importancia de las energías renovables.
Sin embargo, nadie pensó en él como caballero andante.

Anuncios

3 comentarios en “Don Quijote de las redes

      1. Heroína Escarlata

        No, a lo que yo me refiero a es la adaptación en castellano moderno que hizo Trapiello de Don Quijote. Salió hace un año o dos… 🙂

        Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s