La oscuridad te llama (IV)

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—¿Eh, tú, vas a quedarte ahí parada con la boca abierta o vas a subir? —preguntó el conductor del bus.
Lotte giró la cabeza una última vez, la chica delgada dobló una esquina y tanto ella como la polilla susurradora desaparecieron de su vista.
No es mi problema. Si el mundo se vuelve loco a mi alrededor, no tengo que ser yo la que lo solucione.
—Sí, ya voy.
Lotte se sentó al fondo y buscó su mp3 antes de recordar que estaba entre las cosas que había perdido la noche anterior.
Maravilloso.
Trató de distraerse fijándose en el resto de pasajeros, figurarse quienes eran y adónde iban. Era inútil, ese tonto pasatiempo sólo servía si eras la protagonista de una pretenciosa película indie. Lo que de verdad necesitaba era música. Rodeada de conversaciones aburridas y sin su banda sonora personal, Lotte no pudo evitar pensar en aquella chica delgada y si había hecho lo correcto.
La universidad transcurrió de forma normal, salvo que tuvo que ir detrás de algunos compañeros después de las clases para pedirles apuntes. Cosa que odiaba. No se relacionaba mucho con ellos por lo que seguro que parecía una interesada total. Así que cuando le dijeron de ir a tomar unos cafés no se negó. Incluso se ofreció a invitar a los que le habían dejado sus notas pero no la dejaron. Eran chicos muy amables. Casi se sintió normal, compartiendo risas y preocupaciones (nada demasiado personal, claro). Cuando le pidieron su número para quedar algún día fuera de clases no le tuvo más remedio que inventarse que se lo habían robado. Entonces le regañaron por haber intentado invitarles antes y terminó siendo ella la que no pagó su taza. Lotte anunció que se tenía que ir ya que tenía turno de tarde en el trabajo y quedaron en repetir la experiencia.

Cuando Lotte llegó al piso al anochecer se encontró con Tanya recostada en el sofa, viendo las noticias.
—Ey, Lotte, mira esto —le dijo su compañera de piso. Lotte se sentó en el hueco que le hizo Tanya.
—La joven Jody Miller de veinte años decidió poner fin a su vida saltando por el balcón de un centro comercial —leyó el locutor con solemnidad—. Testigos del trágico suceso aseguran que la joven se encontraba sola cuando saltó hacia su muerte. La policía está investigando…
Cuando apareció la foto de Jody en pantalla, Lotte reconoció a la chica delgada que había visto en la calle. La chica cabizbaja, con aquella gran polilla posada sobre su hombro.
—No me lo puedo creer —dijo en voz alta.
—¿Verdad? —convino Tanya—, ¡tirarse al vacío es tan anticuado! Hay formas más discretas, como atiborrarse de pastillas o rajarse las venas en el baño.
Valerie, ven a mí. Valerie, ¿dónde estás? Valerie ven a mí, he venido a jugar contigo. ¿Estás al lado mía?
—Cristo, Tanya, eso es horrible.
—Lo que digo es que podría haber caído encima de alguien y matarlo también. O si lo ve un niño, imagina el  trauma.
—No quiero seguir hablando de esto.
—Sí, es deprimente… ¡y pensar que ha sido aquí al lado!
—Tanya, por favor.
—Está bien, está bien. Ya me callo.
A Lotte le reconcomía la idea de que, quizás, hubiera podido evitar el suicidio de auquella chica. Sólo ella sabía que había pasado en realidad. Ese jodido insecto, ese parásito, la había conducido a matarse.
—Me voy a que me dé el aire —anunció.
Tanya asintió distraída, había cambiado de canal y ahora veía una sitcom.
Lotte subió hasta la azotea, no era la primera vez que lo hacía. Le gustaba la quietud del lugar y acudía allí cuando quería estar sola y pensar.
Podía ver monstruos que nadie más veía, ¿se supone que eso le obligaba a ser una especie de heroína? Al contrario que los héroes de los cómics, ella sólo era una adolescente. No tenía superfuerza, ni era invulnerable. ¿De qué le servía ser capaz de ver esas cosas si era tan frágil como una chica de dieciocho años?
No debería sentirme culpable, no podría haber hecho nada de todas formas.
La luna llena brillaba con un fulgor plateado. Tal vez debía empezar a fumar. Lotte iba a volver al piso pero vio que no estaba sola. Frente a ella, estaba la gran polilla. Blanca como la nieve, salvo por sus ojos redondos y negros.

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Foto de Mathias Krumbhold bajo licencia Creative Commons 3.0

—Tú… ¡tú mataste a aquella chica!
—La dulce Jody murió por su propia mano —los susurros de la polilla tenía la suavidad de la seda.
—Sí, claro, después de que la deprimieras lo bastante como para no ver otra salida que quitarse la vida.
—Yo traigo consuelo.
—¡Una depresión suicida no es consuelo!
—¿Acaso resulta tan extraño? La depresión puede ser reconfortante. Es una gran parte de la personalidad de muchos humanos. Una grave tristeza conocida y manejable. Enfrentar vuestros miedos conlleva el riesgo de hacer demasiado palpables vuestras limitaciones. Eso os horroriza. Es mejor dejarse arropar por el manto protector de la melancolía.
—Por mucho que lo vistas de seda provocar suicidios es algo horrible.
—La mayoría de la humanidad muere en soledad, en cambio, eso no es cierto para los que reciben mi toque especial. Yo los acompaño hasta el final.
—Usa toda la retórica que quieras, para mí no eres más que una criatura asesina y repugnante.
La gran polilla emitió un resuello que podía ser una risa.
—Esperaba una mayor perspectiva en una joven privada de amor paternal como tú… Charlotte.
La osadía de aquel ser enfureció a Lotte, ¿cómo se atrevía a mencionar a sus padres? El muy bastardo.
—Estoy harta de ti. Voy a arrancarte las alas y clavarte en un tablero.
La voz susurrante de la polilla no se alteró en lo más mínimo, la intimidación no parecía haber causado efecto en ella.
—Como desees. Volveremos a vernos en otra ocasión, espero que para entonces estés más susceptible a la razón.
La gran polilla blanca comenzó a batir las alas. Lotte cayó en la cuenta de que aquel insecto sobredimensionado la había llamado por su nombre y además sabía que era huérfana.
—Un momento, ¿cómo sabes tanto de mí, qué eres?
—Para los humanos soy El Susurrador. Me comunico a través de la mente. Te conozco, Charlotte.
Y con eso El Susurrador alzó el vuelo y se perdió en el cielo nocturno.

El encuentro le había dejado mal cuerpo a Lotte, bajó las escaleras hasta el apartamento con un peso añadido sobre sus espaldas. Aquella noche se revolvió inquieta sobre la cama durante horas, Lotte acabó aceptando que no pegaría ojo. Tenía la boca seca, así que se levantó a por un vaso de agua.
El pasillo tenía más puertas de lo habitual, se supone que sólo debían ser tres: la de su cuarto, la del cuarto de Tanya y la del baño. Había logrado conciliar el sueño después de todo. No había un interruptor a la vista, así que debía contar con sus ojos para guiarla a través del oscuro pasillo de innumerables puertas.
—No tienes por qué estar sola —dijo una voz de niña, a lo lejos. En el pasillo—, podemos ser amigas.
Ciertamente, necesitaba una amiga. ¿Pero podía confiar en la voz? ¿Acaso importaba? A fin de cuentas, esto era un sueño. En los sueños nada puede hacerte daño. ¿O sí?

¿Qué hará Lotte? (Votación finalizada)

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