La oscuridad te llama (V)

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Lotte se dejó reconfortar por la seguridad de que en un sueño nada podía hacerle daño, aunque con todas las cosas extrañas que le habían ocurrido estos dos últimos días empezaba a dudar incluso de eso. Dos hileras de puertas sin fin aparente se extendían ante ella en aquel oscuro pasillo, Lotte dio unos primeros pasos tentativos hacia delante que se convirtieron en zancadas. En algún punto de aquel corredor onírico había una niña y a Lotte le podía la curiosidad.
No todas las puertas estaban cerradas, algunas estaban entreabiertas, Lotte se asomó por una de ellas esperando encontrar algo absurdo como un paisaje prehistórico repleto de dinosaurios pero todo lo que encontró fue una sencilla habitación. Algo decepcionada, Lotte volvió a concentrarse en seguir buscando a aquella niña por el pasillo. Si tan sólo volviera a hablarle una vez más, Lotte sabría si se estaba acercando. Pero se había silenciado tras aquella promesa de amistad.

—Creo que deberíamos volver a nuestros cuartos —dijo una voz infantil, temblorosa—, si la hermana Eunice nos ve…
¿Hermana Eunice?
Era la voz de una niña, no la misma niña que antes. No había lugar en el que esconderse, de todos modos no hacía falta. La niña apareció frente a Lotte, acompañada de otras tres chicas mayores que ella. Ninguna reparó en ella, incluso estando a tan corta distancia. Lotte reconocía muy bien a la más pequeña del grupo.
Era ella, con diez años.
—¿No te iras a acobardar ahora, verdad? —preguntó Irene—, dijiste que lo harías.
—Ya, pero…
—Charlotte, ¿es qué quieres quedarte aquí para siempre? Nadie quiere adoptar a una niña llorica.
¿Qué sabrás tú, Irene? ¡Niñata de mierda! Tú estás a punto de cumplir los catorce y no parece que nadie tenga prisa por adoptarte.
Era frustrante presenciar como su antiguo yo era manipulada de forma tan burda y no poder hacer nada. Aquellos reflejos del pasado no la veían y tampoco la oían. Ahora era consciente de muchas cosas, pero cuando tenía diez años todo lo que Lotte sabía era que Irene Toupane era una chica muy bonita, con un acento británico muy refinado y que además sabía hablar francés. Por aquel entonces todo lo que saliera de sus labios eran verdaderas incuestionables.
—Mírala, ¡va a hacer un puchero! —se burló Jane, la pecosa.
—¿Estás llorando, Charlotte? —inquirió Irene. Su fingida compasión enmascarando puro veneno.
—No —mintió Chalotte, enjugándose las lágrimas.
Irene le dedicó una sonrisa maliciosa.
—Ah, ya veo, tal vez sí que seas una niña valiente. No hagamos esperar a Valerie entonces.
Lotte vio como su yo de diez años abría una de las puertas del pasillo oscuro y ésta reveló el baño del orfanato. Las chicas mayores la siguieron, y Lotte también.
—Tienes que decir las palabras —dijo Irene—, mira fijamente al espejo y sostén la vela entre tus manos.
»Ah, casi se me olvidaba —Irene sacó un pañuelo rojo y lo anudó en la muñeca de la pequeña Charlotte—, esto representa la sangre. Valerie te verá como un alma gemela.
Irene palmeó el hombro de Charlotte y le sonrió, tras lo cual se fue al fondo junto a las demás.
—Estaremos aquí atrás, viéndolo todo.
Charlotte se volvió hacia Irene, sujetando la vela entre sus finos dedos. Irene frunció el ceño.
—No nos mires a nosotras —dijo con irritación—. Mira al espejo. Di las palabras, sé que te las sabes muy bien.
Charlotte tragó saliva y comenzó a entonar:
—Valerie, ven a mí.
La llama de la vela danzaba hipnótica, la única luz en el baño en penumbra.
—Valerie, ¿dónde estás?
¿Había escuchado algo? No, imposible.
—Valerie, ven a mí.
Otra vez ese ruido, ¿sería posible? ¿Acaso el ritual funcionaba de verdad?
—He… he venido a jugar contigo.
Irene y las demás guardaban un silencio sepulcral, Charlotte casi se había olvidado que estaban con ella en el baño. Un momento, ¿no la habrían dejado sola allí, no? Quiso espiar por el rabillo del ojo, pero sabía que si Irene seguía ahí se daría cuenta de que había dejado de mirar al espejo. Todo habría sido para nada y las burlas no tendrían fin. No quedaba más remedio que continuar.
Charlotte dejó escapar un suspiro, vio en su reflejo que tenía la frente perlada de sudor.
—¿Estás al lado mía? —preguntó, finalizando el ritual.
—No —rugió una voz en el interior de un retrete—. ¡Estoy detrás de ti!
La puerta del retrete se abrió violentamente y de él salió una chica con un pijama ensangrentado, de sus ojos caían hilillos de sangre.
—¡Aaah! —aulló la aparición— ¡Una nueva compañera de juegos!
La falsa Valerie, que más tarde supo que era Maddy disfrazada, trató de agarrarla de un brazo pero Charlotte se marchó corriendo. Casi chocó con Jane al salir, las cuatros chicas prorrumpieron en carcajadas mientras Charlotte corría de vuelta a su dormitorio, llorando y sintiéndose humillada.
Cabronas.
En retrospectiva, era obvio. ¿Chicas mayores dispuestas a aceptar a una niña en su grupo? Ya, seguro.
La ausencia de una de las inseparables de Irene debería haber sido una señal obvia de la trampa. La trampa en la que tan fácilmente había caído como la niña tonta que era.
Lotte fue tras su yo más joven que acabó por desvanecerse en el pasillo.
—Estoy aquí —dijo la voz, a su lado.
Lotte se giró, y vio a la auténtica Valerie.

No podía tener más de nueve años con sus ojos enormes sobre una cara redonda, baja estatura y brazos delgaduchos; parecía más una muñeca que una niña. Adorable, salvo por un macabro detalle: sus muñecas estaban rajadas.
—Esto no puede ser real —murmuró Lotte.
—Claro que no es real —dijo Valerie entre risitas. Su risa era cristalina, sin malicia—. Es un sueño, boba.
»Pero puede ser real. Yo puedo ser real, como antes.
—Nunca has sido real, Valerie, eres una leyenda urbana. Un cuento para no dormir.
Valerie la miró con tristeza.
—Oh —parecía dolida de forma genuina—, has olvidado a tu mejor amiga.
—Creo que ya soy mayorcita como para tener amigos imaginarios, lo siento.
Valerie negó con la cabeza.
—Eras mucho más antes de ser adulta, aún no es tarde. Tienes que volver a creer.
Lotte no sabía que decirle a ese fragmento de su imaginación, era cierto que este sueño se sentía muy vívido pero no dejaba de ser un sueño.
—Da igual, de todos modos mañana no me acordaré ni de la mitad de esto.
—Tienes que acordarte —rogó Valerie—, ellos vendrán. Son más crueles que Irene y su pandilla. Más peligrosos.
—¿Ellos? ¿Te refieres al monstruo de ojos amarillos y a la polilla?
Valerie tomó su mano entre las suyas. Sintió el tacto de la tela, en su mano apareció un pañuelo rojo. Un tono muy particular de rojo. Lo apretó.
—Me necesitas, Lotte. Y yo te necesito a ti.
»Recuerda que tú y yo somos las mejores amigas del mundo.
Antes de que pudiera contestar a eso, el sonido de un timbre la sacó del sueño.

Lotte despertó en su habitación, tan oscura como cuando se había ido a la cama. No parecía que fuera a amanecer pronto. ¿Cuánto había dormido? Tenía la garganta seca.
Aquel sí que había sido un sueño extraño. Nunca había tenido tanto control en un sueño, ¡y se había sentido tan real! Rumiando esos pensamientos, Lotte se percató de que en su mano derecha estaba apretando algo. Era un pañuelo de un tono muy particular de rojo.
¿Pero qué demonios?
Se levantó de la cama y fue a la cocina a por un vaso de agua, aún apretando el pañuelo.
El reloj de pared marcaba las dos y media.
Había dormido una mierda.
Dejó correr un chorro de agua de grifo cuando sonó el timbre de la puerta.
¿Quién coño puede ser a esta hora?
Lotte miró por la mirilla. Era Tanya. Su compañera de piso, la juerguista. ¿Es que todas sus clases eran por la tarde? Si es que alguna vez iba siquiera a clase, cada vez lo dudaba más. Habría jurado que cuando fue a acostarse aún estaba en el piso. ¿Había decidido irse a un after mientras ella dormía?
—¿Lotte? —inquirió Tanya—, ábreme. Por favor. Se me han olvidado las llaves.
Por supuesto.
Una parte de ella estaba tentada a hacerse la loca y dejar que Tanya se pudriera fuera del piso hasta por la mañana, tenía unos tapones en un cajón de la mesita de noche. No, demasiado cruel y poco práctico. Algo era seguro y es que iba a tener que empezar a ponerse seria con Tanya.
La mano de Lotte fue hacia el pomo cuando alguien bostezó a escasos metros de ella. Tanya, en pijama, estaba saliendo de su habitación.
—Uuuuh… Lotte —dijo Tanya, medio grogui—, ¿quién es… a una hora como esta?
Lotte volvió a mirar por la mirilla. Detrás de la puerta había otra Tanya, por más que le costará creerlo. O acaso era la otra Tanya la que estaba en el piso con ella y la verdadera estaba al otro lado de la puerta. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral.
—Pues mira, esa es una buena pregunta.
Lotte apretó el pañuelo que tenía en su mano con más fuerza.

¿Qué hara Lotte ahora? (Votación finalizada)

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