La oscuridad te llama (VI)

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No cabía duda alguna. Era su compañera de piso a quien había visto por la mirilla. Pero entonces, ¿qué hacía Tanya saliendo de su dormitorio?
Una de ellas no era su compañera de piso, ¿y qué era entonces? No podría decirlo. Pronto iba a averiguarlo para su pesar, eso seguro. La verdadera cuestión era si aquello que no era Tanya estaba detrás de la puerta o dentro del piso. Con ella.
«La Tanya real debe ser la que está conmigo», pensó Lotte, «si fuera uno de esos monstruos, ¿por qué no me ha sorbido el cerebro por los oídos mientras dormía?»
Sí, aquello tenía sentido.
¿Estaba segura de que su conjetura fuese correcta? No, por supuesto que no. ¿Cómo podía asegurarse?
¡Ya sé! Tengo que hacerle preguntas que sólo ella pudiera responder.

El timbre de la puerta sonó de nuevo.
La Tanya que estaba dentro del piso se acercó a Lotte, iba vestida con un pijama azul oscuro.
—Siguen llamando a la puerta. ¿Has visto quién es? Me ha despertado…
—Tanya, uh, oye, ¿recuerdas mi apellido?
Una extraña pregunta que hacerle a tu recien despierta compañera de piso en mitad de la noche, pero útil cuando ni siquiera estás segura de que sea tu compañera de piso para empezar.
—¿A qué viene eso? Estás muy rara, Lotte.
—Sí, eh, estoy rarísima, pero tú dame el gusto de contestar a la pregunta, ¿eh?
La Tanya que estaba dentro del piso frunció el ceño.
—Esto es increíble, en fin, tu apellido es Hunter, ¿contenta?
¿Estoy contenta? No sé, tal vez deba asegurarme más.
¿Puede llegar a estar una lo bastante segura de que su compañera de piso no es en realidad un monstruo sorbe-cerebros cuando tiene al doble de ésta en el pasillo de afuera?
La Tanya que tenía delante, fuera la real o no, se estaba impacientando.
—Casi, casi, sólo una pregunta más. Una preguntita de nada. Uh, dime qué estudio en la universidad, sí, dime eso.
—¿Estás de guasa? ¡Cuánta paciencia tengo que tener! A ver, tenías asignaturas de literatura, pedagogía… educación infantil, creo. ¿Era eso, no? Vas a decirme ahora que…
El timbre sonó otra vez.
—Lotte, ¿estás ahí? —dijo la Tanya que había detrás de la puerta—. Ábreme de una vez, antes de que despierte a todo el edificio.
—Un momento, esa voz…—comenzó a decir la otra Tanya.
»¡Déjame ver quién es!
—No creo que se sea buena idea —sugirió Lotte, apoyó el brazo en la puerta para impedirle el paso. Pero aquella Tanya la apartó.
Sintió en el brazo la mano sudada de la que debía ser su compañera de piso. Olía mal.      Había respondido bien a las dos preguntas que le había hecho, la Tanya que estaba con ella tenía que ser la auténtica Tanya. De todos modos, no es que pudiera hacerle muchas más preguntas. No era como si ella y Tanya fueran íntimas.
Así que, por eliminación, el monstruo sorbe-cerebros era la Tanya que esperaba detrás de la puerta. Lotte esperó a la reacción de su compañera de piso.
—Es imposible —dijo—, ¡la de la puerta soy yo!
—Es… difícil de creer —concedió Lotte.
—Te estoy escuchando hablar con alguien —dijo la Tanya falsa—, ¿con quién estás? ¡Ábreme de una vez!
Su compañera de piso se volvió hacia ella y le preguntó en voz baja:
—¿Qué hacemos?
Una buena pregunta a la qué Lotte no sabía como responder. Llamar a la policía estaba descartado. Si aquella cosa podía hacerse pasar por Tanya, quién sabe que otras formas podría adoptar. Y aunque llamase a la policía, ¿qué iba a decir?
Oiga, agente, una criatura disfrazada de mi compañera de piso está en la puerta de mi apartamento, ¿puede venir a matarla? Gracias, sí, llevársela a comisaría también serviría.
Ridículo.
—Vamos a abrir la puerta.
Tanya abrió mucho los ojos y por poco se olvidó de seguir susurrando.
—¿Pero qué dices? —prostestó.
—Tengo un plan. Tú le abres y cuando asome la cabeza, ¡pum! La dejaré inconsciente.
Lotte no confiaba demasiado en sus puños para la tarea, así que sacó un rodillo de un cajón de la cocina y se lo mostró a Tanya con aire triunfal.
Tanya suspiró y esperó su señal. Lotte se apoyó en la pared, asiendo en alto el rodillo y tomando en la mano torpe el pañuelo rojo que le había dado Valerie en sueños. Tal vez le diera buena suerte. Lotte inclinó la cabeza hacia Tanya como diciéndole «adelante».
A estas alturas, la Tanya falsa se estaba impacientando. Golpeando la puerta y llamando a Lotte una y otra vez.
Cuando la verdadera Tanya abrió la puerta, lo que se hacía pasar por su compañera de piso entró diciendo:
—¡Por fin! ¿Por qué has tardado tan…?
Lotte le acertó en la sien con el rodillo.
—¡Ay! —se quejó la Tanya falsa, no parecía apunto de desmayarse pero sí molesta— ¿A qué coño ha venido eso?
Lotte fue a darle otro golpe de rodillo pero se detuvo, estaba empezando a dudar de sí misma.
La verdadera Tanya cerró la puerta.
—En serio, esto no ha tenido ni puta gracia —le increpó la Tanya falsa a Lotte, luego se volvió hacia la otra Tanya:
» Y tú…
Tanya abrió mucho la boca pero no le dio tiempo de gritar, la otra Tanya se limitó a darle un puñetazo en la nuca y eso fue todo. Aquel golpe sí que la dejó K.O.
Y fue entonces cuando Lotte supo que había metido la pata. Hasta el fondo.

La figura de la que había creído su compañera de piso fue reemplazada por una criatura que era una mezcla de sapo y pez. Lotte recordaba muy bien aquellos grandes ojos amarillos con esas pupilas como rendijas verticales, no parpadeaban a menos que fuera por membranas traslúcidas. Si era el mismo que le había atacado al salir del trabajo, esta vez no se había molestado con ropa alguna, toda su anatomía inhumana se desplegaba ante ella con horrenda majestuosidad. Su piel de un tono gris azulado estaba surcada de escamas y tenía la tripa hinchada y blancuzca, las branquias de su cuello se dilataban y estrechaban. Sus manos y pies eran palmeados y los dedos acababan en garras afiladas.
—Volvemos a vernos —dijo la criatura con voz profunda y cavernosa. Lotte tragó saliva y le supo a bilis.
—En nuestro último… encuentro perdí mi móvil. ¿No lo habrás traído por casualidad, verdad?
El chiste quizá habría sido más sorprendente de no sonar su voz tan quebrada y si no sintiera las piernas blandas e incapaces de sujetar su peso.
—Tus juguetes de mamífera carecen de importancia de para mí. No he venido por eso.
La criatura se acercó a Lotte, ignorando a la chica que yacía desmayada en el suelo.
—Ah, ya veo, ¿por qué has venido?
Ahora que había desechado su disfraz el hedor de la criatura era aparente, olía como algo que se pudría en el mar.
—Deberías saberlo. Puedes entrar en las Tierras del Sueño. Lo que significa que puedes comunicarte con el Durmiente de R’lyeh.
—Cualquiera puede soñar y no conozco a ninguna «Rylee». Así que, siento la decepción pero no puedo ayudarte.
Al ver que la criatura no se inmutaba, Lotte prosiguió:
—Ahora si te marchases, en un disfraz humano… para no asustar a nadie por el camino. Yo, hum, lo-lo apareciaría bastante.
La criatura rió, o al menos eso creía Lotte. Su risa era bronca e irregular.
—No. Tú vienes conmigo.
Y con esas palabras, la criatura fue acercándose más y más hacia ella.
Lotte retrocedió hasta el baño y se encerró allí.
El corazón le palpitaba con violencia. Los ojos de Lotte ya estaban habituados a la oscuridad y examinó febrilmente sus alrededores, limitados como eran.
El móvil de Tanya estaba sobre el lavabo y sus planchas para el pelo aún estaban enchufadas.
La criatura estaba usando toda su fuerza bruta contra la puerta del baño. Lotte veía que cedería en cualquier momento, escuchaba la madera crujir.
Me necesitas. Y yo te necesito a ti.
Esas habían sido las palabras de Valerie. Valerie no debería existir, era producto de su imaginación y sin embargo le había un dado un pañuelo rojo que, de algún modo, se había transferido de los sueños al mundo real. ¿Podía traer a Valerie a la realidad también? Llegados a este punto, Lotte estaba más que dispuesta a intentarlo. Usó el móvil de Tanya a modo de linterna, esperando que pudiera ser sustituto de la vela, se anudó el pañuelo rojo a la muñeca y comenzó a recitar la invocación.
Trató de concentrarse e ignorar el hecho de que la madera crujía más y más. Iba a abrirse una brecha en la puerta en cualquier momento. Haciendo acopio de toda la voluntad que le quedaba, Lotte finalizó la invocación.
Y no ocurrió nada.
Hubo un espantoso crujido y una mano palmeada manoteó el interior del cuarto de baño. Lotte se hizo un lado pero no a tiempo de que una garra le hiciera una herida superficial en el brazo. El corazón iba a salírsele de la boca.
Maldita sea, Valerie, ¡tengo que salvarme yo misma!
—No hay salida —rugió la criatura—. También yo soy un Soñador. Así te he seguido hasta tu morada.
—A ver qué te parece esto, hijo de puta, ¡cara pescado!
Lotte encendió las planchas del pelo y pinzó la mano palmeada de la criatura. Los ojos de Lotte lagrimearon cuando le llegó a sus fosas nasales un hedor incluso más repugnante que el que ya exudaba la criatura.
Cuando Lotte ya no pudo sujetar la mano de la criatura por más tiempo, ésta retiró su mano llena de terribles quemaduras y se puso a aullar dolor.
Lotte quitó el pestillo de la puerta y le dió una patada, empujando a la criatura. Saltó sobre el monstruo que se revolvía en el suelo, debía ser la adrenalina pero logró sortear el peligroso obstáculo sin haber tomado carrerilla para ganar impulso. Lotte no perdió el tiempo en cuestionar su buena suerte. Corrió como nunca lo había hecho. Estaba bajando las escaleras apresuradamente cuando sintió una punzada de culpa. Había dejado a Tanya a merced de la criatura, ¿pero debía tentar más a la suerte exponiéndose al peligro de forma voluntaria?

¿Qué hará Lotte ahora? (Votación finalizada)

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